5.17.2010

1 ENTRE 10 MILLONES

Ayer, hojeando el periódico (porque desde que ella existe en mi vida es a lo que me dedico, a hojearlo, y eso con suerte), descubrí un anuncio en una página: 1 entre 10 millones. COCA-COLA organiza un concurso por el 50 aniversario de su certamen de escritura y pide a la gente que cuente la historia de aquella redacción que escribió para el colegio cuando era pequeña, con un premio final, un tentador viaje a Sudáfrica.

Confieso que hoy por hoy, y a raíz de las fotos publicadas este fin de semana (el pabellón español, pieza escultórica vestida de mimbre me tiene embobada), me seduce muchísimo más ir a Shangai 2010, aunque creo que con evocar el recuerdo que la Expo de Sevilla dejó en mi memoria me daré por contenta.

Pues como os iba contando, ese anuncio rescató del fondo de mi archivo de recuerdos un acontecimiento que ocurrió el mismo año en que Tejero dió su golpe de estado, 1981. Yo estudiaba en un colegio nacional, era la época de jugar a las tabas, mi primera película en el cine: Orzowei, de los dibujos de MazingerZ y Afrodita, no había móviles, ni había montado nunca en avión, ni había marcas comerciales, si acaso los chicles NIÑA, FANTA y poco más. Un día cualquiera de ese año, el maestro (porque de aquellas no eran profesores, aún eran maestros) nos anunció que al día siguiente había un concurso de redacción.

Supongo, no lo recuerdo, que acabó el día y me fuí para casa arrastrando la mochila llena de libros y libretas cargados de saber. Al llegar a casa, me puse a escribir como hago siempre, sin pensarlo, dejando que la melodía de mis ideas fluya y que los sustantivos inviten a bailar a los verbos y las preposiciones cortejen a los determinantes, mientras las interrogativas y las exclamaciones cotillean desde algún lugar... , y llené nosecuantas cuartillas con una historia sobre una escuela de peces en el fondo de la mar, ya que entonces, mi vida giraba en torno a ese mundo, no en vano vivíamos en un pueblo de pescadores. Años más tarde descubrí en Hemingway esa forma de llamarle, LA mar, tal y como lo hacían los pescadores de mi niñez, los que la quieren y la sufren, a quien les da y quita la vida. Pero esa es otra historia, para otro día.

Nuevamente supongo, tampoco lo recuerdo, que me fuí a dormir no tanto porque me apeteciera sino porque en aquella época los niños nos acostábamos con Casimiro sí o sí; aunque luego nos levantáramos con el canto de sirena que suponía la melodía de Curro Jiménez, para ver un pedacito sesgado de la pantalla a través de la rendija de la puerta del salón antes de que nuestros padres, anunciando a bombo y platillo que se iban a levantar del sofá para darnos tiempo a realizar una huida digna, interrumpieran esos minutos de gloria.

Si que me acuerdo que nos sentaron en un aula, como si fuera un exámen, separados, con el sempiterno crucifijo presidiéndolo todo (era un colegio nacional en un estado aconfesional), el encerado verde al fondo y los nervios que flotaban en el ambiente. Mi amiga, pongamos que se llamaba Conchi (relamente era su verdadero nombre, y si me acordara de los apellidos también los pondría, aquí y ahora) no sabía de qué escribir, se puso nerviosa y me dijo algo así como; "dame alguna idea".

Le presté mis inspiradoras cuartillas, y en vez de utilizar la idea se dedicó a copiarla (acabo de caer en la cuenta, a lo mejor la idea que ella pensaba que le daba era la de que me copiara, mirándolo por ese lado... no, no, descartado), no podría decir literalmente porque nunca llegué a comprobar si los puntos y las comas estaban en el mismo sitio y si las faltas de ortografía eran mías o suyas (seguramente suyas), pero ella se apropió (y no puedo decir robó porque yo se la entregué libremente) de mi historia.

Esto lo supe cuando pasado un tiempo el profesor nos anunció que la redacción de una alumna de aquella clase había resultado seleccionada para pasar a la final. No recuerdo el premio, me da igual, en aquel momento los premios no suponían gran cosa para mí, pero sí recuerdo la sensación de frustración que sentí y la mirada de soslayo, la mirada avergonzada de mi "amiga" Conchi, cuatro ojos con trenzas bastas y rubias enmarcando su cara enrojecida, mirada que me dedicó cuando se levantó a recoger los aplausos que yo debería haberme llevado.

Con el tiempo entendí que Conchi se había llevado la gloria pero que yo tenía algo mejor, podría escribir una y mil historias... y ella no.

Nota.- No se de donde saqué la absurda idea de que el premio del concurso es un viaje a Sudáfrica, lo he comprobado y no es así, pero como el segundo párrafo de esta historia no tendría tanto sentido sin ese hipotético premio, y el párrafo me gusta mucho, lo dejo ahí.

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