5.03.2010

COMO SI TUVIERA 2...

Ayer cuando despertó de la siesta fuí corriendo para acogerla entre mis brazos. Tierna, su pelo revuelto, su olor inconfundible.

Mientras me acercaba con paso apurado para no hacerla esperar, oía cada vez con más intensidad el chup-chup del chupete mezclado con un ligero sollozo que iba in crescendo, y como cada día, ella gritaba con la impaciencia propia de su edad: "maaaamiiii, maaaaamiiii, maaaaamiiii"... con esa vocecita que aún busca su propio registro.

Y al llegar, me rechazó. No quiso que la cogiera. No dejó que la cogiera.

Y yo, que voy camino de los 40 sin apenas haberme dado cuenta, me hundí. Si, me hundí por eso, por esa grandísima tontería.

Porque obviamente ella no me rechazaba, sino que en ese momento prefería a otra persona que le había prometido llevarla al parque.

Porque obviamente a esa edad los niños aún se pueden permitir el lujo de ser egoístas y hacer lo que les viene en gana en cada momento, sin convencionalismos.

Porque obviamente ella me quiere mucho y yo la quiero "como de aquí a la luna... y vuelta" *.

Pero dejé que la melancolía y la tristeza me invadieran, a pesar de que a mis "treintay" debería ser una mujer madura a la que la escuela de la vida ya le ha dejado marcadas a fuego algunas lecciones... y las que vendrán.

Tenía que haber sido capaz de racionalizar lo que pasó, y sin embargo, me dejé llevar como si los papeles se hubieran invertido, como si la que se despertaba de la siesta fuera yo.

Me pregunto, por qué? Y no encuentro respuesta.

Inmadurez?

Quizás.

No lo se.

Y todavía hoy, pasadas 24 horas, queda sobre mí algún poso de la botella de tristeza que ayer me bebí de un solo trago para emborracharme de melancolía en pleno día de la madre.


* Del cuento infantil "Adivina cuanto te quiero", por Sam McBratney

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