7.07.2010

EL PODER DEL ROJO

Un tomate rojo, los tejados rojos, un fresón rojo, las cerezas rojas, amapolas rojas, la cruz roja, un coche rojo, un abrigo rojo, mis primeros zapatos rojos (y de charol), el rojo del último rayo del sol en el ocaso, corazón rojo, labios rojos, sandía roja, camión de bomberos rojo, vino tinto rojo, sangre roja, rosa roja, la selección... roja también! Entendedme, el rojo está de actualidad, y ante la avalancha de ilusiones y expectativas generadas con nuestro equipo nacional en la semifinal del mundial, se me ha dado por pensar el motivo por el que se ha querido identificar al equipo con ese color.
Haciendo un breve repaso por aquellas cosas que conozco que habitualmente son de esa maraBillosa tonalidad, me he dado cuenta que el rojo da vida, genera esperanza, transmite seguridad, es dulce, jugoso, fresco, atrayente y depositario de nuestra ilusión... porque seamos sinceros, no es lo mismo cuando Villa, Torres, Iniesta o Busquet salen enfundados con la camiseta azul y ya no digamos cuando salen de amarillo.
Podemos? No se si podremos con la bestia teutona pero yo, a quien el fútbol no suele enganchar durante la temporada liguera, (aunque reconozco que los partidos de la selección los vivo de otra manera, llegando incluso a poner mi corazón a mil por hora si hay tanda de penaltis), anhelo que el equipo gane el mundial por una única y sencilla razón: la ilusión que le pone la mayoría de la gente que me rodea.
Confieso que durante el partido me atrae más escrutar caras y gestos de los que comparten conmigo ese tiempo, observar sus reacciones, actividad que voy alternando con vistazos rápidos y fugaces a la pantalla del televisor; digamos que puestos a elegir prefiero perderme el momento en que el balón cruza los palos que las caras de felicidad de mis compañeros de encuentro.
Durante los 90 minutos (en condiciones normales, sin la infartante prórroga) que dura un partido de la selección en el mundial o en la eurocopa (los clasificatorios no se viven con la misma intensidad salvo que no nos clasifiquemos, en cuyo caso 11+1 son durante un corto espacio de tiempo objeto de nuestra crítica más feroz), se aparcan los problemas, los agobios, los plazos de hipotecas impagadas, la crisis, el dolor, la tristeza, los recibos de luz y gas por venir, las angustias, las miserias, el odio, las enemistades y todos durante esa hora y media pertenecemos al mismo grupo, nos hacemos más españoles y lucimos con orgullo patriótico nuestra enseña nacional pintada en la cara, a modo de bufanda, de minifalda, una camiseta... sin distingos de raza, condición sexual, religión o procedencia. Dejamos de ser vascos, catalanes, o gallegos; hetero u homosexuales; mujeres u hombres; católicos, musulmanes o protestantes; ricos o pobres; padres o hijos; altos o bajos; feos o guapos... porque todos, absolutamente todos nos convertimos en afición y vibramos de la misma forma, riéndonos, saltando y abrazándonos cuando la esfera atraviesa la portería contraria... como si con cada gol, como si con cada patada suya al balón, estuviéramos lanzando lejos, muy lejos, nuestras adversidades.
Qué pensarán los seres que habitan otros planetas cuando oyen que desde un punto concreto del planeta tierra nuestras gargantas (y nuestros corazones) gritan al unísono: uuuhhyyyyy! Ese grito desesperado y hondo que nos sale de lo más profundo de nuestras entrañas mientras miramos a quien tenemos al lado, conocido o desconocido, para poner ese imperceptible gesto de "casi..." mientras ladeamos la cabeza.
Cuando acaba el partido la felicidad generada nos invita a perpetuarla con nosotros durante unas horas más, celebraciones variopintas, risas, lágrimas de alegría, baños en fuentes públicas, remojones de cava, y porqué no, unas cervecitas o cubatas para celebrarlo y de paso mitigar la sed producida por la ola de calor que nos visita estos días. Y si el resultado no nos es favorable, nuestras almas apesadumbradas recordarán nuestras miserias en el mismo instante en que el árbitro pita el final del partido, que se volverán a posar sobre nuestros hombros para que sigamos caminando con su pesada carga.
Nos vemos en la final.

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